¿Para qué crecer en la oración?

Para ser felices, cada día, en este mundo; hacer felices a otros y agradar a Dios. Para ir al encuentro de ese Dios que llevamos dentro en nuestra intimidad más profunda.

Abrirle la puerta e invitarle a ser nuestro compañero de camino. Y luego, al final de nuestras vidas llegar al momento anhelado: ¡el abrazo eterno del Padre en el cielo!